El día después

La mañana del 9 de noviembre la división ideológica y electoral se tradujo también en profunda división emocional. La mitad de la nación se despertó, tras poquísimas horas de sueño, con una incrédula felicidad, un éxtasis dulce e ilimitado. La otra mitad, entre la que me incluyo yo, en estado de shock, horrorizada y deprimida. Hillary Clinton no es en particular santo de mi devoción. Pero la agenda política, la pobreza intelectual, la bajeza moral y retórica de Trump no merecen la presidencia.

Para mi la primera urgencia fue la de ejercer de padre. Me encontré en la misma situación en la que se encontraron muchísimos padres y madres en Estados Unidos: explicarle a mis dos hijos, en mi caso dos varones de seis y ocho años, la victoria electoral de Trump. “¿Ganó Trump? ¿Cómo es posible?” nos preguntó el mayor a mi mujer y a mí.

Fue para mí uno de los momentos más difíciles de mi vida de padre. Sí, hijos: esto va contra los valores que os queremos inculcar. No queremos que seais unos abusones, unos maleducados, que os burléis de los más débiles. Queremos que trabajéis y que estudiéis, que os merezcáis, por vuestro esfuerzo, el éxito en la vida. Nada de trampas y atajos. Queremos que respeteis y aprecieis a los que son diferentes a vosotros. Nada de racismo, nada de insultos. Queremos que promovais unidad y concordia. Y también queremos que seais respetuosos con las mujeres. Y Donald Trump es lo contrario de todo eso. Lo sabemos.

Pero ha sido elegido presidente, y ahora hay que respetarle y darle una oportunidad como líder de la nación.

Lo comenté con otros amigos de ideología similar a la nuestra; me comentaron que tuvieron que pasar por el mismo trago. Uno de ellos, en particular, me contaba su descorazonamiento al tener que explicárselo a su hija de 10 años, que lloraba desconsoladamente. Y es que, ¿cómo no va a llorar una niña hoy en Estados Unidos, en especial una niña sensible y educada en valores de igualdad entre los sexos, valores que promueven la independencia y autoestima de la mujer? Aunque los seguidores de Trump no quieran reconocerlo, o lo camuflen bajo otras ideas, en base a la retórica de la campaña de Trump estos resultados electorales son una bofetada para las minorías (religiosas, raciales) del país, y algo más –un puñetazo– para el ideal de la mujer norteamericana. Un ataque a los valores básicos de inclusión y tolerancia.

En el área metropolitana de Nueva York, donde vivo, como en general a través de Nueva Inglaterra según las conversaciones que mantuve durante el día, la victoria de Trump ha sido devastadora. Depresión, asombro, tristeza, e incluso bochorno fueron las reacciones más comunes. En el centro donde enseño había muchas niñas llorando, también algún niño, e incluso algún que otro profesor que no podía esconder su disgusto y decepción. Lágrimas de incredulidad, de amargura y de rabia en muchos casos.

Con todo las conversaciones que tuve con estos jóvenes me tranquilizaron y me animaron. Y es que no hay nada que suplante al diálogo, y no hay mejor terapia que compartir pensamientos y escuchar atentamente. Algunos me hicieron reír; otros incluso me insuflaron confianza. Me encontré en conjunto a un grupo de jóvenes masivamente involucrados, emocional e intelectualmente, en el futuro de su país. La mayoría había estado de pie hasta las tantas siguiendo la noche electoral. Estaban muy bien informados y eran capaces de analizar en detalle los resultados electorales. Algunos, especialmente niñas y varones negros, manifestaban una tristeza profunda y devastadora. Entendían bien el significado ideológico de estos resultados.

Y es que no hay que esconderse. Los candidatos le preguntaron al pueblo americano en qué clase de país querían vivir. Y la respuesta ha sido definitiva: en un país que está anclado, racial e ideológicamente, en la figura tradicional del hombre blanco. Un país que no está preparado para tener una mujer presidente, por muchas que sean las fisuras que presenta la figura de Hillary Clinton.

“Este mapa electoral dibuja los contornos geográficos del estado de la Unión en 1860”, me dijo un colega. Y que verdad: no sólo geográficamente, sino también ideológica y moralmente, parece un regreso a unas líneas muy antiguas que el progreso social parecía haber borrado.

“Los derechos de las mujeres son el nuevo frente de la integración social”, me dijo otro. Y también es verdad. Muchos hombres de este país no están preparados para tratar de tú a tú a la mujer, a nivel político y profesional. Y con las dos cámaras en manos de los republicanos, la decisión que Trump tome respeto a los nuevos jueces del Tribunal Constitucional dictará el destino de Roe vs Wade.

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